Historia de un retrato a carboncillo: El pequeño Óliver y Pelusilla
Óliver es un niño mallorquín de 5 años y además, un ser maravilloso… ¿pero qué niño no lo es?
¡Te sonríe y te desarma! ¡Te mira a los ojos y sencillamente el tiempo se detiene para ti!
Entró en mi estudio de la mano de Toni, su padre, quien me había encargado hacerle un retrato… en cuanto nos quisimos dar cuenta, ya estaba jugando con mis lápices de colores y haciéndome preguntas curiosísimas sobre detalles del retrato.
El origen de la historia de un retrato a carboncillo
Cuando su padre me hizo el encargo, hablamos sobre este pequeño niño de ojos negros y profundos como dos universos. Me contó que es un niño muy feliz con una personalidad maravillosa que hace que te enamores en cuanto le conoces, que tenía mucha facilidad para conectar con las personas y que amaba la naturaleza y todo cuanto se encontraba en ella, en especial los animales.

Recuerdo esa conversación como una fuente de inspiración y una llamada al impulso creativo.
Retratar a un niño siempre es algo especial pero esta vez no se trataba solamente de representar los rasgos de Óliver sino de contar una historia preciosa a través del dibujo, la historia de Óliver.
La inspiración y el vínculo con “Pelusilla”
Le hice una propuesta en la que una ardilla reposaba sobre el hombro derecho de Óliver y en el fondo la silueta de un bosque de pinos. La composición funcionaba y nos gustaba a ambos excepto por una cosa… Toni me dijo que el pequeño Óliver nunca había interactuado con una ardilla.
Fue entonces cuando me contó que hacía poco él, su mujer y Óliver habían hecho una escapada a Galicia y que habían pasado unos días en una finca en Lugo en la que criaban caballos. Óliver se había encariñado con uno de esos caballos al que no sólo le dedicaba toda su atención sino que parecía contarle sus secretos.
El caballo se llama “Pelusilla”. Todo en él transmite la nobleza e inteligencia innatas de su especie. Su cuello es arqueado y musculoso, sus ojos grandes y serenos y tiene una mancha blanca sobre el entrecejo que lo caracteriza y que a Óliver lo tiene fascinado.
Cuando se conocieron, Óliver se acercó a él y sin mediar palabra extendió su mano mientras Pelusilla agachaba su cabeza para dejarse acariciar. A esto siguieron innumerables paseos por el campo, en los que Pelusilla ajustaba su paso al del niño con mucha delicadeza, como sabiendo que llevaba a su lado a un ser especial al que debía proteger. En uno de esos paseos, Óliver se giró hacia su padre y con esa inocencia natural en los niños, le dijo: ¡Papá, Pelusilla me escucha mejor cuando no hablo!.
Toni me contó que solo entonces pudo ver el vínculo que se había creado entre ambos, un vínculo que había nacido a través del silencio. ¡La historia era fascinante! Sólo había que dejarse llevar y permitir que la magia apareciese.
El proceso creativo tras el retrato
Nunca sé cómo va a terminar un retrato. Parto de una idea, de una inspiración. Hay una primera etapa en la que necesito definir un procedimiento pero siempre termino dejando paso a lo que el propio dibujo me va pidiendo.

Toni me había proporcionado una foto preciosa de Óliver que había encargado a la fotógrafa Ana de la Torre y toda la libertad que pudiese haber esperado de un encargo para poderlo crear. Sólo me hacía falta integrar al caballo en la composición que ya había imaginado.
El Encaje
Siempre parto de un dibujo lineal en el que me centro en cómo fluyen las líneas principales de la composición. Este primer acercamiento lo hago con un lápiz blando que me permite esbozar y ver el dibujo en su conjunto sin distraerme en el detalle. Es la etapa en la que reduzco visualmente todo lo que veo a formas geométricas esenciales. Sólo veo cubos y esferas que poco a poco voy integrando para acercarme a la forma que debo representar.

Es el momento de observar con detenimiento a mi modelo en la fotografía original. Para Aristóteles el conocimiento comenzaba en la experiencia sensible que luego la memoria y el entendimiento procesaban para captar la esencia de las cosas… ¡Cuanta razón llevaba!
No me basta con mirar, debo detenerme y profundizar en lo que veo para descubrir la belleza inherente. Es entonces cuando paso de ver geometrías a ver líneas que fluyen entre sí, que se proyectan y conectan fuera de mi plano de representación y sólo, muy poco a poco, veo apareciendo el parecido con mi modelo.
El Modelado
Suelo empezar haciendo una entonación del papel esparciendo polvo de carbón con una brocha de pelo muy suave para evitar que se fije. Utilizo papel de cocina para fabricarme una muñequilla con la que poco a poco voy retirando parte del carboncillo que he esparcido y una goma maleable con la que lo recojo con más precisión para marcar las zonas de luz más importantes del retrato.

Con la ayuda de difuminos, lápices de carbón prensado y la goma de borrar voy aplicando y retirando carboncillo para modelar la forma. Es un ejercicio constante de observar y conectar con lo que veo para luego proyectarlo sobre el papel, aplicando y retirando carboncillo, hasta que va surgiendo poco a poco el ser de mi modelo.
La Técnica en el proceso de dibujo de un retrato a carboncillo
El carboncillo no se fija sobre el papel si no se aplica con un mínimo de presión. Suelo regular esta presión incrementándola a medida que avanzo en el dibujo. De esta manera puedo ir acercándome poco a poco a la forma y corrigiendo el dibujo hasta que consigo hacer visible lo que busco transmitir.
La etapa final del dibujo la reservo para hacer transiciones sutiles de gris y para aplicar pastel blanco de forma directa en los puntos altos de luz.

La técnica es importante pero esto ya se aprende en las escuelas. Lo que me ha seducido del Dibujo siempre ha sido poder desarrollar la capacidad de conectar con mi modelo y con el momento presente.
Nunca he intentado comprender cómo sucede este proceso, ¡Solo dejarme llevar!
